Jesús Márquez Farfán | QUISIÉRAMOS VER A JESUS

Muchas veces hemos tenido la inquietud de conocer a personas que en nuestro ambiente se ven como valiosas, importantes, con un significado especial por su influencia, su trabajo, sus orientaciones o sus servicios a la comunidad. A veces queremos conocer a personas que tienen puestos muy llamativos en la sociedad, a los poderosos, los políticos, los empresarios que sobresalen, los artistas de fama, o los deportistas más connotados: Nos gusta conocer a aquellos que viven constantemente en el éxito; nos atraen las personas alegres, triunfadores, de fácil trato y ascendencia entre los demás. Nos importa conocerlos y que nos conozcan.

 En muchas ocasiones nos atraen, sin duda, esas personas que tienen importancia en la fe, ¡Cuántos millones de personas se interesaron por conocer al Venerable Papa Juan Pablo II! Muchos desean ver, estar cercanos al Papa, hoy día. Sin duda nos atraen las personas que reflejan bondad y amor, que llaman la atención por su virtud y santidad, que nos enseñan los caminos para el encuentro con Cristo por la transmisión de su mensaje con su palabra y con su vida; su forma de oración nos atrae como un imán; sus enseñanzas nos permiten ver claramente no sólo su brillante conocimiento del Evangelio, sino su experiencia personal de trato con Cristo, que nos facilita verlo, palparlo, sentirlo en su testimonio de vida.

El acontecimiento que hoy escuchamos en el Evangelio de San Juan (12, 20-33), viene a iluminarnos muy bien. Escuchémoslo y reflexionémoslo paso a paso:

Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios el día de la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe el de Betsaida de Galilea y le pidieron: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”.

Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y Él respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde; pero el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiere servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre.

Ahora que tengo miedo, ¿le voy a a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora”?’  No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre”. Se oyó entonces una voz que decía: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”

De entre los que estaban allí presentes y oyeron aquella voz, unos decían que había sido un trueno; otros, que había hablado un ángel. Pero Jesús les dijo: “Esa voz no ha venido por mí sino por ustedes. Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Dijo esto indicando de qué manera había de morir.

Leamos nuestra vida personal y social en este Evangelio: Unos griegos se acercaron a Felipe para pedirle que les ayudara a estar cercanos al Señor: “Quisiéramos ver a Jesús”. Obviamente tenían interés en conocer su persona, su mentalidad, sus enseñanzas, su inteligencia y, posiblemente constatar su fama por los milagros.

No podemos desconocer que también hoy hombres de todas las culturas se acercan a los creyentes, el Felipe de hoy, para hacernos la misma súplica: “Quisiéramos ver a Jesús”. Nuestros jóvenes, especialmente, nos están clamando, incluso con sus  desórdenes, abusos y conductas desconcertantes, que les dejemos ver a Cristo en nuestra propia vida: “Quisiéramos ver a Jesús”. Los hijos, lo piden a los padres,  y necesitan descubrirlo en su relación de amor, su ternura, su comprensión, su comunicación constante, su fe, su vida comprometida, su participación en la Eucaristía, su calidad humana, sus valores, su sobriedad, sus amistades. Los verdaderos amigos, lo reclaman a sus amigos, quieren verlo en su sana alegría, en la amistad comprometida y fraterna, en la mutua valoración, en el apoyo para la superación, en la fe, en todo el ser proceder de la persona, en sus sus costumbres y su búsqueda de Dios.

Los ciudadanos lo piden a sus autoridades civiles, casi todos bautizados, consagrados por eso mismo a vivir el Evangelio en cada servicio, como viviría hoy Jesucristo el ejercicio de un liderazgo político, o de una autoridad pública; lo haría con honestidad, sana administración, interés generoso por los ciudadanos, con entrega y compromiso por el bien, la superación y el desarrollo integral de la comunidad, de la patria. Todos andamos en esa búsqueda: “Quisiéramos ver a Jesús”.

Los fieles cristianos lo piden al sacerdote; esperan verlo en nuestro testimonio de unión con Dios, mediante la oración; en el compartir de la Palabra como fruto de nuestra experiencia, e íntimo trato con el Señor; en la oración, en las celebraciones sacramentales, haciéndolo presente en cada palabra y en cada signo sagrado; esperan verlo en nuestro amor entregado, generoso, fraterno que les exprese el mismo amor de Cristo. Quieren verlo en la vida de todos los creyentes, al dar atención amoroso a los pobres. Y desvalidos A cada instante nos dicen: “Quisiéramos ver a Jesús”.

Todos debiéramos preguntarnos: ¿Estamos mostrando a Jesús con nuestra palabra y con nuestra vida? ¿Lo estamos manifestando en nuestra existencia para que los demás lo conozcan? ¿Sabemos buscar a Jesucristo y descubrimos quién nos ofrece legítimamente sus valores, su compromiso, su persona? ¿Cómo descubrirlo en la barahúnda que vivimos? ¿Estamos dejando ver una deformación de Cristo? Piense usted cuántos creyentes le muestran a Cristo con su vida y cómo lo muestra usted a los demás.

Jesucristo da una respuesta muy clara a los griegos y en ella nos expresa las notas de calidad de su misión y su presencia: La glorificación verdadera al Padre que le dará en la cruz, en su pascua. “Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, quedará infecundo; pero si muere producirá mucho fruto”. La muerte es la ofrenda de reconciliación, el fruto nuevo es su resurrección. El criterio fundamental para discernir si nuestra vida y acciones están en Cristo y con Cristo y si lo mostramos a los demás, consiste en saber entregarse, morir a los propios intereses, gustos, comodidades y conveniencias egoístas que no compaginan con la persona de Cristo. Entonces se producirá un fruto valioso que perdurará. “El que se ama a sí mismo, -su sensualidad, sus pasiones, perversiones, engaños, sus negocios sucios- ese se pierde”.

Parece fatalismo pensar en la semilla que muere que se pierde; pero se entiende el sentido trascendente de ese morir cuando se descubre que es muerte para dar vida. Esto cuesta y hace sufrir indudablemente. Así lo experimenta el mismo Cristo y manifiesta sinceramente que tiene miedo; pero esto no lo lleva a esconderse, a echarse atrás para atrás en el último momento, a derrotarse a sí mismo; sino que busca la gloria de Dios. Es otra característica de calidad que nos propone: saber afrontar todo lo adverso, a pesar del miedo, y  aprovecharlo para dar gloria a Dios, para reconocer que Él es el Único Señor, el que guía toda la existencia y  merece nuestra entrega total.

Una tercera característica es servir y seguir a Cristo: El que quiera servirme que me siga. Seguir a Cristo es aceptarlo como guía y modelo; vivir su amistad es mantenerse en adhesión permanente con Él y aceptar que sólo se puede profundizar en ella por el camino de la purificación y de la entrega, haciéndose como Él hasta morir.

¿Hasta dónde quiere Jesús que llegue nuestra capacidad de amar? Hasta darnos, hasta dar la vida, hasta perderla por Él y con Él. La garantía inequívoca de que seguimos a Jesús, es amar hasta ese extremo. Lo peor será, no que caigamos en el surco trazado cada día para morir y dar fruto, dar vida, sino que caigamos en el sepulcro de la mediocridad  y morir sin dar la vida se que requiere para conseguir una mejor sociedad.

“Señor, Tú que nos das constantemente tu amor, a pesar de nuestras infidelidades e incongruencias, ayúdanos a amar de tal manera que seamos semilla en tus manos para que la siembres en el surco de la vida y nos hagas dar el fruto que tu quieres.

Ayúdanos a entender esta realidad y a saber dar nuestro amor a nuestra familia, a nuestros pobres, a los que nos has dado y nuestra patria tan necesitada hoy de Ti, como Tú nos has enseñado. Que nuestra conversión en estos días sea darte gloria con nuestro proceder, muriendo a nuestros egoísmos y sembrándonos contigo, para dar vida”.

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